Cuéntenos su Historia
  • Página:
  • 1

EL FAMOSO BURRO DE ORO
Facebook Twitter Delicious Digg FriendFeed Linkedin Reddit Stumbleupon MySpace Technorati Blogger Wordpress

EL FAMOSO BURRO DE ORO hace 4 años #195



EL FAMOSO BURRO DE ORO

DON FRANCISCO DE VELARDE, EL BURRO DE ORO
Guadalajara fue la cuna de Velarde, Vista Hermosa su vida y Zamora el punto
final. Muerto el licenciado don Crispín Velarde, lo sucede en el mayorazgo don
Francisco Velarde, que se convierte en el hombre más acaudalado de su tiempo
y cuya fortuna él supo acrecentar enormemente; además de haber sido el
único heredero de sus dos jóvenes hermanas que abrazaron la vida religiosa.
A él perteneció la enorme y riquísima hacienda de Buenavista, y otras
más que él poseía en esa vastísima región de feraces valles, con lo que empezó
a ganarse el mote de Burro de Oro. Fue esto por los años de 1860-1867, en
la dorada época del Segundo Imperio, época de esplendor y ficción, cuando
la fastuosa corte del rubio archiduque Fernando Maximiliano de Habsburgo,
hermano menor del emperador de Austria Francisco José, desembarcara en
el puerto de Veracruz el 28 de mayo de 1864, en unión de su esposa Carlota
Amalia de Bélgica y en medio de la glacial indiferencia del pueblo.
Según testimonio general y fidedigno, don J. Francisco Velarde nació
en Guadalajara en los primeros años del siglo XIX, en señorial mansión de
hermosa fachada neoclásica, y que puede admirarse en la esquina sur poniente
de la manzana limitada por las calles de Hidalgo, Pino Suárez, Independencia
y Belén.
Dueño y señor de un territorio inmenso, enorme feudo rico y productivo,
que apenas si él alcanzó a conocer, pues se cuenta que ni siquiera sabía
montar a caballo, a pesar de ser dueño de potros finísimos, y sólo viajaba
muellemente recostado en los blandos cojines de sus lujosas carrozas tiradas
por briosos corceles enjaezados con pompa señorial
Una de las riquezas del señor Velarde, quién sabe si la máxima, consistía
en las grandes cantidades de cabezas de ganado vacuno, del que poseía
gran variedad de razas; a tal grado llegaba esta riqueza, que nunca supo ni su
cuantía, ni su valor.
Todavía se puede admirar una de las lujosas diligencias que le pertenecieron
en la ciudad de Morelia, en la casa de Morelos, ahora convertida en
museo y en la cual se lee en su costado derecho: «Diligencia particular que
fue propiedad de don J. Francisco Velarde, propiedad de la hacienda de Buenavista,
ubicada en el distrito de Zamora, cerca de la ciudad de La Barca,
estado de Jalisco. En la parte de abajo del asiento de en medio está la fecha
en que fue reparada por parte del pescante, y dice así: México, abril de 1883.
Dicha diligencia española conserva su pintura original de un hermoso
fondo guinda, con llamativos adornos verdes y amarillos. Su decoración interior
consta de fino damasco guinda con grabados grises. Los lados fueron
tapizados en piel y cuenta con asientos a los lados y uno en medio.
De los primeros veinte años de nuestro personaje poco se sabe. Vivió su
vida tal vez en algún colegio de la capital o quizá de Europa, para que todo
fuera a tono con la opulencia de su casa. Luego hace su aparición en sus grandes
latifundios, cuya matriz se encontraba en la ciudad jalisciense.
El señor Velarde se estableció en el viejo solar de sus mayores para
poder manejar sus fabulosos negocios, de los cuales el centro vital era la
hacienda de Buenavista. Ya en La Barca, con sus carruajes repletos de criados
y equipajes, luego de haber mandado demoler la vieja casona de sus
mayores, la rehace ajustada al más puro modernismo de la época. Con ostentoso
boato principesco y en un arranque como de pueril vanidad, se dio el
lujo de ordenar que la mezcla indispensable para levantar muros de su real
palacio fuera formulada a base de la leche más pura de sus vacas de ordeña.
Así fue como el preciado líquido de que tal vez carecían muchos hogares era
derramado a raudales sobre la arena que servía de fragua a los pesados bloques
que aún resisten el paso de los años, como habrán de resistir seguramente
el de los siglos.
Surgió, pues, la altanera y rica mansión al costado sur de la Plaza de
Armas de la ciudad de La Barca, con los materiales clásicos de la época:
adobe, piedra de china y cantera morada, finamente labrada. Ostenta regio
portal frontero con arcos de medio punto, siendo muy notable el hecho de
que el arco que corresponde a la puerta o zaguán es mucho más ancho que
los demás. El frente tiene cuatro ventanas de fortísimas rejas, que corresponden
al gran salón.
En realidad se trata de una construcción suntuosa, que ocupa gran parte
de la manzana, con patios de elevados muros escondidos en la penumbra,
dilatadas trojes, cuartel, caballerizas y numerosos departamentos para la fiel
servidumbre.
Al quedar concluida dicha construcción, en los enormes entrepaños de
los cuatro hermosos corredores, sobre los muros que lucen todavía un acabado
perfecto a base de arenilla mezclada con leche y huevo, y que miden en
total cerca de quinientos metros cuadrados, el ágil pincel del arquitecto y
gran pintor don Jacobo Gálvez, y su gran amigo y colaborador Gerardo Suárez,
decoraron las habitaciones y corredores de la nívea mansión de Velarde, con
varias escenas mexicanas y afrancesadas, que revelan hechos y costumbres
de aquella época: vestuario, tipos de gentes, oficios y diversiones, así como
la diferencia tan notable de las clases sociales de la época: las aristócratas de
acusados rasgos españoles y las plebeyas con rasgos ciento por ciento indígena.
Un mural representa «El Columpio», una dama vestida de blanco y de
nombre Angelita que se mece rodeada de admiradores y que, siendo una cantante
de gallos y poseedora de una gran belleza, dicen fue la única mujer a
quien se cree amó verdaderamente Velarde.
Una cosa muy peculiar si se observa con cuidado los murales. Podemos
comprobar que casi todas las mujeres que protagonizan las escenas son
bellísimas y de un asombroso parecido entre sí, porque además existe la creencia
de que el fastuoso y opulento don J. Francisco Velarde hizo que el pintor
retratase en todos a su favorita. La Moreña, se dice, toma su nombre del sitio
predilecto de Velarde, llamado el arroyo Moreño, que va dejando a su paso
extensiones de exuberante verdor en San José de las Moras, un pueblo aledaño
a La Barca.
Don J. Francisco Velarde tenía gran casta y orgullo, era autoritario,
violento y sumamente mandón. Gracias a todo lo anterior, la hacienda de
Buenavista era famosa por las grandes bacanales que en ella se celebraban
ahí se daban cita las más selectas hermosuras de Jalisco y Michoacán; orgías
que alzaban revuelos en toda la región, convirtiendo al sibarita millonario en
una de las figuras más conocidas y pintorescas de la época del Imperio. En
esos años ganó su fama de impenitente seductor. Gastaba a manos llenas
dando fiestas suntuosas, reclutando y conquistando lo mejor del sexo débil.
Velarde se entregó a una loca alegría: fiestas, viajes, juegos de azar, partidas
de gallos y, sobre todo, mujeres y más mujeres.
Tenía en su espléndida hacienda de Buenavista mesa puesta permanentemente,
y daba fiestas de las mil y una noches, a las cuales jamás faltaban
lo mejor de la política y la sociedad. Además, siempre estaban a la orden
las casas de México y Guadalajara, perfectamente amuebladas y con servidumbre
al pie, aunque pocas veces las visitaba.
También se dice que tenía en forma permanente apartado un palco en
el Teatro de la Opera de Nueva York, y al que nunca asistió. Ardiente admirador
de escudos y blasones, soñando siempre añadir a su apellido un título
nobiliario que le diera prosapia y realce, se adjudicó al fin el de Barón, el cual
ostentaba orgulloso y ufano.
Las ganancias de sus múltiples haciendas se convertían en oro, hermoso
metal, del que se dice tenía que ser traspaleado periódicamente por orden
de su joven amo, para evitar el azogamiento.
Las abundantes eran transportadas en millares de típicas carretas tiradas
por tres yuntas de bueyes a las inmensas bodegas y trojes, y muchas
veces a los patios de la Casa Grande, por la gran producción, especialmente
en el antiguo cantón de La Barca y su hacienda de Buenavista. Todo era movimiento
y trabajo; los peones distribuidos por multitud en los enormes latifundios
se perdían en valles y montañas, labrando la tierra en empeñoso afán,
pues sabían que el joven potentado era generoso al pagar su trabajo.
Cuando pasaba ya la cosecha, venía un tiempo en que los peones estaban
desocupados. Para que hubiera a qué dedicarlos, el señor Velarde ordenaba
que su gente amontonara juntamente maíz, frijol, alpiste y garbanzo,
para después ponerla a separar grano a grano las semillas, pagándoles un
salario determinado. Y así nunca faltó el sustento en sus hogares.
Se comenta que en los ratos malos, que según cuentan eran constantes
en nuestro personaje, acostumbraba a darles de puntapiés a sus peones y
sirvientes, a los cuales enseguida, pasado el mal humor, llamaba y les ordenaba
dieran cuenta de los golpes recibidos para pagarles por cada uno de
ellos valiosas y codiciadas onzas de oro. Así pagaba con largueza y proveía a
sus siervos de todo.
Jamás se recuerda que alguno de sus trabajadores hubiera llamado a
sus puertas sin ser socorrido. Generoso y magnífico, visitaba los humildes
hogares de sus sirvientes para derramar con altruísta actitud el contenido
de su escarcela sobre las manos anhelantes que primero se alzaban para
pedir, y más tarde lo hacían para bendecir al caritativo y desprendido patrón.
Fomentaba industria, mejoraba cultivos y levantaba escuelas. Así surgieron
los edificios de la ahora presidencia municipal, la cárcel, la plaza y los
planteles educativos de la tantas veces mencionada ciudad de La Barca. En
1865 mandó construir e inauguró la Escuela de Primeras Letras, a la que le
dio por nombre Emperador Maximiliano I, siendo comandante militar y subprefecto
del distrito. En Buenavista construyó una monumental Plaza de
Gallos, con piedras de china y cantera. Este lugar, el que ocupara el palenque,
se iba a convertir en el actual templo moderno, de estilo único por su
grandiosa cúpula, por su diámetro; iglesia que al ser terminada se transformó
en el mejor trono de la imagen de la reina de México.
Tanta fastuosidad requería siempre de mucho dinero, y aún metales
preciosos de los que el vanidoso señor hacía gala llevando hasta en sus zapatos
los tacones de oro macizo. Quizá por esta caprichosa costumbre fue por
la que personas de la comarca dieron en llamarle Burro de Oro. Según otros,
fue porque de niño, debido a su pésima memoria, sus condiscípulos lo llamaban:
burro, por lo que habiéndose quejado con su padre, éste le dijo que les
contestara: «burro, pero de oro».
También se dice que se debió a su obstinación para obtener todo lo que
deseaba, y que cierto día viniendo de su Quinta Velarde, en la época en que
los señores canónigos salían a veranear, vio atado a un tronco un hermoso
burro blanco. Al momento quiso comprarlo, pero como su dueño se resistió
a pesar de las tentadoras ofertas, ofreció pagar el peso del animal en oro,
para satisfacer dicho capricho. Por lo que un señor canónigo comentó: éste
si es un verdadero Burro de Oro.
Vestía siempre con impecable elegancia, bien fuera de charro o pantalón
corto y levita (ambos de vivos colores), chaleco blanco, finas medias y
ancha capa de carísimo paño, pues sus trajes eran confeccionados con telas
encargadas de París, lo mismo que su calzado, exclusivamente para él. Sus
botonaduras de oro macizo hacían admirable juego con los magníficos bordados
de sus sombreros ricamente galoneados con piedras finas, que las delicadas
manos de curiosas monjitas enclaustradas se encargaban de hacer en
la soledad de su retiro, traídas ex profeso para la fabricación de sus prendas
de vestir, y para satisfacer la vanidad y soberbia ostentación del joven potentado,
que les entregaba con puntualidad cuantiosos donativos.
También se cuenta que sus perfumes eran tan finos, naturalmente de
origen francés, como todo lo suyo, que hasta el agua de su baño diario era
vendida a altos precios a los barberos de la comarca, quienes más tarde la
untaban en la cara de sus clientes, los que se sentían felices de usar tan maravillosas
esencias. Refieren sus contemporáneos que tenía tantas casacas
recamadas de oro como días tiene el calendario. Además usaba gruesos anillos
con incrustaciones de brillantes y piedras preciosas, que iban acordes
con su vestimenta. Otra de sus prendas en las que nunca faltaba el rubio
metal, eran sus bastones con puño y casquillo de oro, así como sus espuelas
y los frenos de sus caballos predilectos.
Podremos poner en tela de juicio su cultura, pero de ningún modo sus
riquezas. Su atajo se componía de 1,600 mulas que viajaban desde Campeche
hasta Durango. Sus grandes dominios se extendían desde las cercanías de
Zamor, hasta la garita de San Pedro, en las inmediaciones de Guadalajara,
donde poseía una casa de campo: la Quinta Velarde.
Al pasar el príncipe de la barba de oro, Maximiliano de Austria, por
Penjamillo, Michoacán, fue invitado el Burro de Oro a doblar la cerviz ante el
iluso extranjero; pero, no obstante el fausto del emperador, resultó aquel
derroche de lujo un pálido relumbrón ante el soberano séquito de Velarde.
Salió a recibirlo con una comitiva de criados que fue admiración de la
época. Vestía ostentosamente y su vestido de charro estaba adornado de oro
con una profusión fantástica: llevaba sombrero negro galoneado con piedras
preciosas y usaba tacones de oro macizo. Cuando el emperador lo vio, intrigado
preguntó que quién era aquel «príncipe ranchero»
Lo invitó a que pasara una temporada de descanso en su hacienda de
Buenavista y en su casa de Guadalajara. Le hizo la promesa que de venir a su
rica finca, le haría un toldo de manta de cien kilómetros de largo; o sea de
Guadalajara a Buenavista, para proteger al rubio monarca de las inclemencias
de nuestro ardiente sol. El toldo nunca llegó a estrenarse porque las
circunstancias políticas no lo permitieron, y por haber sido fusilado el emperador,
quedó todo en promesa. Se cree que don Francisco Velarde, únicamente
por el lujo, vio con gran simpatía el establecimiento de la monarquía
en México. Su nombramiento de general de brigada, y honrado con el manto
de caballero de Gran Cruz, de la Orden de Guadalupe, por el gobierno conservador
del pPresidente Antonio López de Santa Anna y por el de Maximiliano,
le costó cincuenta mil pesos.
Aunque nunca tomó las armas, estableció una guardia personal, compuesta
por cien jinetes, bien armados y elegantemente vestidos de charros,
que se conoció con el nombre de Retén. El Imperio fue efímero, la estrella de
Maximiliano se eclipsó. Don Francisco no huyó del país, se escondió. Su aprehensión
la llevó a cabo el general Manuel Márquez de León. Fue sentenciado
a muerte y fusilado por traidor.
Murió con todo el valor; se mostró tranquilo y altivo al contemplar las
espirales de humo de su puro, el 15 de junio de 1877, a la edad de 53 años. Se
cuentan tantas cosas y tan extrañas del Burro de Oro, que si no hubiera sido
porque mucha gente las veía con sus propios ojos, hubiera costado trabajo
darles crédito. Ese fue el trágico fin del hombre que tuvo a sus pies a las
mujeres más bellas, e hizo que todo el imperio se fijara en él por su dispendiosa
vida sibarítica, dueño de vidas y haciendas.
SOY LUDICO Y ANTISOLEMNE
Y LUGUBRE AUNQUE ESTE EN LAS PUERTAS DE LA MUERTE
SI DIOS NO LO REMEDIA, TAL VEZ LA MUERTE SI.
"EL FUEGO TODO LO PURIFICA"
  • Página:
  • 1
Página generada en 0.53 segundos